A vueltas con el apuntador

Leo que se armó un cierto guirigay en la Asamblea de Madrid por el uso que la presidenta de la Comunidad hace del teleprompter para leer algunos de sus discursos. Y no sé si el enfrentamiento es por causas meramente políticas o si se trata de desconocimiento de las utilidades (también inconvenientes) que tienen estos equipos. Me limito a lo segundo.

Permítanme empezar por la denominación, que a lo mejor diciéndolo en ‘cristiano’ cambia la visión de las cosas. Prompter es ‘apuntador’ y, por tanto, teleprompter sería ‘apuntador para la televisión’. Bueno: cuando alguien da un discurso para un auditorio concreto no lo está dando para la ‘tele’, por más que haya una decena de cámaras grabando, así que deberíamos dejarlo solo en ‘apuntador’ y no ‘teleapuntador’, que sería ‘apuntador a distancia’.

Un dato histórico: los apuntadores electrónicos se hicieron muy visibles en el mundo cuando todos nos percatamos de que los usaba Barack Obama. Pero, y por no salirnos de la lista de presidentes de EE. UU. que los han utilizado, cualquiera que busque en la red podrá ver fotos de Lyndon B. Johnson, Jimmy Carter, Ronald Reagan o Bill Clinton dando discursos con estos equipos. Hablamos de hace más de 50 años.

Las ventajas de estos equipos, frente al papel convencional, son que permiten al público ver la cara del orador (si hay una cámara grabando también se produce este efecto) y que gran parte del lenguaje no verbal puede ser más natural que con los folios, sin olvidar que supone un valor añadido para quienes tienen determinados problemas de visión, ya que en el apuntador se puede poner la letra al tamaño que se considere necesario, regular el ritmo de lectura y varios etcéteras cuya enumeración sería excesiva aquí. Las desventajas son sólo dos: que no deja de ser leer y que puede tener un fallo en un momento dado (no deja de ser un complemento informático). Son cosas para las que hay muchas soluciones.

El apuntador no es invisible. No cabe pensar, pues, que su utilidad es simular que se habla de memoria. Y no convierte al orador por arte de magia en Demóstenes, porque, como le sucedió a éste, sólo con entrenamiento y esfuerzo se logra conectar con el auditorio. Se trata de leer, no lo olvidemos; de manejar nuestro paralenguaje. Y quien no se entrene leyendo en papel no leerá bien de ninguna manera,

Que, ¿es mejor no leer? Habría mucho que discutir; pero, y esto es parte de nuestro día a día, ¿es justo pedirle a un presidente de una empresa que prepare todas las decenas de charlas que puede necesitar dar a la semana como si fuese el discurso de Chaplin en El gran dictador? Imposible. Por eso son necesarios los discursos leídos. Por eso, y porque determinados contenidos deben citarse con exactitud.

Y me permito terminar contando una experiencia personal: desde que en Estudio de Comunicación adquirimos uno de estos equipos para ponerlos a disposición de nuestros clientes, son varios los presidentes, consejeros delegados y altos directivos de empresas cotizadas o importantes organizaciones que han ensayado con ellos. Los resultados son magníficos en cuanto se les explican unas pocas técnicas y se someten a un breve programa de entrenamiento. De verdad que no hay más: ante la inseguridad y la falta de práctica, entrenamiento.

Jesús Ortiz, consultor sénior de Estudio de Comunicación España.

@JesOrtizAl

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