Bombas sobre Barcelona, propaganda, mentira y causa

Para no romper el consenso generalmente aceptado, no diré que propagandista sea la profesión más antigua del mundo, pero desde luego tiene que estar en el ranking como un competidor con muchas posibilidades.

Mucho antes de que los profesionales de la comunicación hubiéramos llegado a este mundo, las distintas civilizaciones habían escrito una florida historia de la propaganda, que es sinónimo de manipulación.

Históricamente, el arte religioso fue, en buena medida, un instrumento de propaganda al servicio de la fe, como lo fueron también las catedrales en su magnificencia. Y, sin ir más lejos, la leyenda negra antiespañola, fue una gran obra de propaganda negativa, tan bien  urdida, tan mal respondida, que aún se recuerda.

La propaganda y el libelo han usado siempre la imagen para mancillar al adversario pero desde el advenimiento de la fotografía en la primera mitad del siglo XIX, a los propagandistas se les ha hecho un poco más cuesta arriba casar sus tesis con ilustraciones creíbles. No obstante, ninguno ha estado dispuesto a que la falta de una imagen verídica les arruinada una buena mentira.

Hay una macabra imagen de unos soldados sosteniendo cabezas cortadas que en la guerra de España se le atribuyó primero a los comunistas desde la prensa italiana y luego a los “nacionales” desde la prensa de izquierdas cuando en realidad quienes aparecen en la fotografía son miembros de la Legión Extranjera y pertenecen a otro país y a otra guerra.

La fotografía de Bombas sobre Barcelona que ilustra este post con la madre y el niño sufrientes se usó abundantemente para representar los bombardeos nacionales aunque para ello fuera necesario eliminar los puños en alto de madre y niño y omitir que la imagen se tomó en el entierro de Buenaventura Durruti y no había ningún avión a la vista.

Ahora, los sucesos de Cataluña durante el 1 de octubre nos han vuelto a regalar un florilegio icónico de fotografía propagandística falsa, valga el epíteto. Se nos ha presentado a un menor sangrando tras el “brutal ataque de las fuerzas del Estado” que fue herido por los Mosos hace un par de años, a otro que aparece en una fotografía tomada en Madrid durante una pretérita protesta de mineros, a una ancianita que se cayó y accidentó un un interior sin que mediara la presencia de la fuerza pública y a un aguerrido grupo de personas atacando a la Guardia Civil se le ha añadido una estelada ondeando al viento tan épica como inexistente en la realidad… Nada nuevo que no hayamos visto tantas y tantas veces, el histórico hermanamiento de la mentira y la propaganda al servicio de una causa y un libelo.

Curiosamente, en un mundo tan sensibilizado con que Photoshop adelgace los muslos de alguna famosa o elimine sus arrugas, cuando la mentira fotográfica es menos superficial y mucho más torticera y dañina parece que levanta menos exclamaciones de rechazo.

Hay una diferencia importante entre la comunicación y la propaganda e incluso entre ésta y la publicidad. Los comunicadores trabajamos con la realidad, los publicitarios trabajan al margen de ésta en el mundo de las aspiraciones, y los propagandistas solo trabajan al servicio de una causa y usar la verdad o la mentira es sólo una cuestión de conveniencia porque cualquier medio justifica su fin.

Por Alberto Mariñas, director de Estudio de Comunicación España

@amarinas

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