De jaguares, comunicación y Juegos Olímpicos

La muerte a tiros del jaguar que formaba parte de una ceremonia de la antorcha olímpica en Brasil, cuando el pobre felino abandonó su perímetro de seguridad, no deja de ser un elemento funesto más, que roza incluso el realismo mágico, en la riada de contratiempos, desastres y polémicas que enmarcan los preparativos de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro, los primeros que se celebrarán en Latinoamérica.

A algo más de un mes del inicio de las Olimpiadas cariocas, el cóctel heterogéneo de factores críticos conforma una tormenta perfecta: epidemia de Zika y alarma sanitaria, colapso financiero del estado de Rio de Janeiro, inconclusión de los recintos deportivos y de las infraestructuras, inseguridad debido al impago de policías y funcionarios. A ello se une el proceso de destitución (impeachment) de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, que previsiblemente concluirá a mediados de agosto, con los Juegos ya comenzados.

Una tormenta perfecta que exigiría un riguroso ejercicio de comunicación para conjurar amenazas infundadas y situar en sus justos términos la dimensión de algunos de los riesgos, sobredimensionados por los Medios. No en vano, la propia Organización Mundial de la Salud (OMW) ha considerado que existe un riesgo muy bajo de que el Zika se extienda por culpa de los Juegos. Sin embargo, la atención mediática generada por las declaraciones alarmistas que al respecto han realizado algunos deportistas de élite han catapultado este riesgo a la primera línea de las preocupaciones mundiales.

A pesar de que las autoridades brasileñas han tratado de mitigar todos estos daños reputacionales, sus iniciativas han sido más reactivas, cuando el nubarrón de desprestigio que se cierne sobre estos Juegos habría exigido una batería más contundente y proactiva de iniciativas de comunicación con todos sus públicos objetivos.

Unos Juegos Olímpicos constituyen una ocasión única para relanzar la imagen de un país y una ciudad, ofrecer una imagen de modernidad,  de gestión, de entusiasmo colectivo. Durante un mes, el país elegido se convierte en un escaparate global, en el centro de atención de millones de personas. Como Brasil ahora, aunque en menor medida, los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 se vieron precedidos también por un buen número de polémicas: problemas por la  intensa contaminación, tensiones sociales, críticas por  la infracción del respeto a los derechos humanos, etc. El Gobierno chino puso en marcha un riguroso plan de iniciativas y acciones de relaciones públicas que consiguieron conjurar estas sombras preolímpicas y hacer de los Juegos un ejemplo sobresaliente de organización y gestión. Confiemos que Brasil pueda sortear todos los obstáculos y que las Olimpíadas de Río de  Janeiro sean un recuerdo perdurable.

Por Adolfo Lázaro, consultor sénior de Estudio de Comunicación España.  

@alazaro_m

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