DSK, mon ami… ¡c’est fini!

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El exdirector del FMI, Dominique Strauss-Kahn (DSK), se despidió no hace mucho de la vida politica, batiendo récords de audiencia en Francia, en la que ha sido su primera comparecencia ante las cámaras desde su detención made in New York City. No quiere ser éste un post político ni humanista. No me interesa juzgar (ni puedo) su moralidad ni los vaivenes de su carrera política. Mi deontología profesional sólo me permite analizar su comparecencia pública desde el  punto de vista de la Imagen y la Comunicación.

La prensa francesa se ha mostrado bastante unánime respecto a la, llamémosle, “confesión” de DSK en el canal privado TF1. Y la aquí firmante se une a sus colegas de profesión. Se trata de una de las comparecencias más preparadas que recuerdo haber visto en la televisión. Los consejos de sus asesores de imagen saltaban a la vista de tal manera que conferían a la entrevista un halo de tutorial de Teletienda  para aprendices de portavocía. Una preparación tan medida que ralentizó sus respuestas y las aderezó con un tono de discurso prefabricado en el que Dominique perdía, segundo a segundo, cualquier atisbo de naturalidad. El hecho de que el exdirector del FMI se enfrentara a una periodista “amiga”, Claire Chazal, tampoco añadió una pizca de realismo al asunto. Ni una sola vez la presentadora le contradijo ni le interrumpió. Se limitó a recitar una sucesión de preguntas, también amigables, que borraron de un plumazo cualquier mínimo rasgo de sinceridad.

Y eso es precisamente lo que los franceses no le perdonan. Su falta de credibilidad. El tutorial ponía de manifiesto que Dominique se sabía al dedillo una de las reglas de oro de toda formación de portavoces: hay que hablar con pausas, transmitir tranquilidad y seguridad en las respuestas. Pero sus asesores de imagen se olvidaron de enseñarle algo mucho más elemental: hay preservar la naturalidad y personalidad del portavoz, el principal valor para transmitir credibilidad. Y ahí es donde radica su fracaso. Cada respuesta, cada pausa comedida, cada segundo de silencio, estaban tan calculados que DSK parecía a ratos un autómata, a ratos una Nuria Espert encumbrada en el Festival de Teatro de Almagro.

Uno puede equivocarse. Uno puede pedir clemencia pública e incluso ser perdonado. Pero lo que la audiencia nunca perdona es la mentira. Así que Dominique, mon ami, creo que este circo ¡c’est fini!

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