¿El fin del libro?

 

¿Está realmente próxima la desaparición del libro? Eso, al menos, es lo que parece que vaticinan algunos expertos del sector editorial a la luz de la evolución del mismo. Esta especie de consenso pesimista apunta, por similitud, a la caída reciente desde el olimpo empresarial de antiguos tótems como Nokia o Kodak, que han tenido que reconvertir de forma drástica sus respectivas actividades empresariales para tratar de sobrevivir en un mundo siempre cambiante.

El punto de inflexión hacia el supuesto abismo del olvido puede estar próximo y, lo que es aún peor, parece inexorable. A diferencia de otros sectores amenazados de la industria del entretenimiento, como la música o el cine, el libro en papel carece de capacidad de adaptación para capear este temporal si nos basamos sólo en la experiencia de uso, a través del fomento de los conciertos en directo o del disfrute del séptimo arte en las salas gracias a las nuevas tecnologías de audio e imagen en 3D en pantalla gigante.

Además, el intento de darle la vuelta a la situación, con el lanzamiento del ‘ebook’, tampoco ha llegado a despegar del todo. Sobre todo si tenemos en cuenta que su difusión es aún exigua en términos de cifras de ventas si las comparamos con las del libro tradicional en papel.

El formato por excelencia, durante siglos, para la transmisión del conocimiento y el entretenimiento parece que podría tener los días contados a tenor de la caída del número de lectores. Las cifras de ventas son tozudas y palmarias. Los libros venden cada vez menos y sus tiradas tienen la ambición menguada a la hora de considerarse un ‘superventas’. De hecho, pocos títulos consiguen generan auténticos beneficios, mientras que el resto sobreviven como pueden o, simplemente, caen en el olvido temprano.

Es cierto que ha habido otras épocas de evidente estrechez editorial en España pero la sensación en el sector siempre era que se trataba de baches puntuales que había que superar. Ahora, sin embargo, la sensación es más parecida a un ocaso anunciado en el que el libro en papel puede quedar reducido a nichos de mercado para nostálgicos de este formato. Algo parecido a lo que, en su día, se auguró para los Medios de Comunicación tradicionales y que, inexorablemente, se va cumpliendo año a año.

El libro como elemento de ocio cuenta, hoy por hoy, con auténticos titanes como competidores. A la inmediatez y el derroche tecnológico de las consolas, videojuegos e, incluso, de las redes sociales que arrasan entre las nuevas generaciones de nativos digitales se une la lógica carencia de interacción y atractivo audiovisual del formato en cuestión. Por no hablar del esfuerzo extra que implica su lectura en términos de tiempo y concentración.

Sin embargo, existe una intensa luz de esperanza en este adverso escenario de futuro. La superficialidad de los contenidos por mor de los nuevos formatos y formas de ocio no puede y no debe ser sustituida de plano por la necesaria reflexión en profundidad de los asuntos que interesan a la especie humana, ya sea por medio de novelas, fábulas, crónicas, poemas, cuentos, ensayos o cualquier otro género literario.

Por consiguiente, la búsqueda de excelencia editorial por parte del sector se antoja fundamental si quiere aprovechar esa oportunidad de supervivencia futura para tratar de reverdecer sus laureles del pasado y honrar, como se merece, la memoria de Gutenberg durante, al menos, otros seis siglos más.

Por Fernando Geijo, consultor sénior Estudio de Comunicación España. 

@fergeijo

 

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