El loro que se quedó sin chocolate

Ahorrar en parte de una herramienta de comunicación, como por ejemplo un vídeo, puede ser tan absurdo como, en la historia del popular chascarrillo, no comprarle chocolate al pájaro para evitar bancarrotas porque a la señora de la casa le parecía ‘imprescindible’ mantener el gasto en fiestas suntuosas y dispendios varios.

Un joven amigo, que trabaja en un departamento de comunicación, me pidió opinión sobre un vídeo que van a difundir entre unos tres mil socios de la organización que le tiene contratado. “Debe ser herramienta de comunicación interna”, me digo, mientras busca la pieza en su móvil para mostrármela. La primera sorpresa es que el vídeo, de un minuto y medio aproximadamente, empieza contando qué hace el colectivo. Es decir: explica a los destinatarios lo que hacen ellos mismos. “Es para poner en valor su trabajo”, se justifica mi amigo. Sin comentarios.

Lectura indigesta.

La segunda sorpresa es que, sobre la sucesión de imágenes, irreprochables desde un punto de vista técnico, se superponen rótulos de texto casi como si fuese una pantalla de apuntador (prompter, que decimos los esnobs de toda la vida). Imposible leer todo lo que ahí se dice al ritmo que va saliendo, salvo entrenamiento previo.

“¿Por qué no habéis hecho una locución con este texto?”, pregunto esperando cualquier respuesta técnica. “Porque se nos disparaba el presupuesto”, responde mi joven amigo. “Y hemos ahorrado en el chocolate del loro”, pensé yo. Porque se habrán gastado en hacer la pieza, comprar imágenes de banco, más lo que les cueste difundirlo, para que no lean lo que dicen los infinitos rótulos más de un dos por ciento de los destinatarios; y eso con suerte.

Sucesión de fallos.

Creo que el conjunto de errores que llevaron a la realización de esa pieza debieran formar parte de los clásicos “lo que nunca hay que hacer” y menos permitir que se den todos juntos. Primer fallo, según lo veo: no se definió bien la idea que se pretendía difundir. El QUÉ famoso, que debe marcar el camino al CUÁNDO y al CÓMO.

Indagando un poco, llegué a deducir que, en el caso de mi amigo, tenemos un colectivo con una crisis estructural y alguno de los ‘jerifaltes’, seducido por algún postadolescente cercano a punto de graduarse en comunicación, dijo eso de que “lo efectivo hoy por hoy es hacer un vídeo”. Y punto en boca: empezamos por el cómo antes de definir el qué. Lo de los “por qué”, “cuándo” y “por qué vía”, ya si eso…

Por otro lado, quien tenía que dirigir la realización del vídeo, la herra mienta de comunicación en suma, se dejó comer el terreno. Hay mucha tensión durante una crisis y no es cuestión de demonizar aquí a ningún comunicador. Pero es de imaginar lo que sucedió: seguramente los de comunicación partieron de un texto sencillo y lógico para un vídeo, al ‘jerifalte’ se lo enseñaron negro sobre blanco (no en maqueta de vídeo) y éste se dedicó a añadir lo que él creía que se debía decir. Quizás, cuando lo vio sobre las imágenes, él mismo se dio cuenta de que no había quien lo leyera, pero qué difícil es decir “me equivoqué”. Y, en fin, ya puestos a meter tanto texto, ¿por qué no se recurre a la locución? Pues lo del loro.

 

Por Jesús Ortiz es director del Área de Formación de Estudio de Comunicación

@JesOrtizAl

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