Un tiempo desaparecido

Vivimos tiempos convulsos, muy convulsos. Esta generación está sufriendo una pandemia, la primera que realmente impacta en la humanidad en muchos años.

No hay guerras con armas, pero sí este tipo de situaciones que obligan a aprender un nuevo modelo, una nueva normalidad…. El periodismo de calidad, profundamente golpeado por una crisis, no solo económica global sino también de modelo, es más necesario que nunca. El periodismo riguroso, serio, alejado de banderas y posiciones partidistas fanáticas que nada bueno auguran. El periodista como referencia independiente, como contrapeso del poder establecido, sigue siendo admirado por la sociedad y se convierte en un modelo para ella cuando su trabajo es desempeñado de manera honesta.

Todos recordamos a mitos americanos como Ben Bradlee o Martin Baron que, con sus apoyos a los equipos de investigación formados por Woodward/Bernstein o Spotlight, lograron un profundo reconocimiento en la profesión, que contó con el apreciable altavoz y apoyo de la industria hollywoodiense, que tan bien contó sus peripecias en múltiples películas… Los periodistas europeos han obtenido un reconocimiento menor, en parte, por esa ausencia de impacto cinematográfico, pero no por ello dejan de ser referencias válidas.

De las numerosas secciones que componen un periódico, normalmente pasan desapercibidas las más escabrosas, las correspondientes a las defunciones. Yo siempre recuerdo los buenos obituarios. Leí estos días en la edición online de El País el de Harold Evans, el mítico director de The Sunday Times y fundador de Condé Nast Traveler, una de las “biblias” del periodismo, lo que demuestra su enorme capacidad para dirigir Medios.

Para quien no lo haya conocido, en las pocas líneas de la necrológica se condensa una carrera maravillosa, excepcional, nada que envidiar a la de esas grandes referencias americanas. Rafa de Miguel, corresponsal en Londres del periódico de Prisa, relata de manera brillante su vida profesional (en sus propias palabras “doloroso recuerdo de todo lo que se llevó consigo un tiempo desaparecido”). Un ser tan especial que, entre otras muestras de su carácter, no tuvo ego alguno ni inconveniente en ser conocido en Estados Unidos como Harold Brown, marido de Tina Brown, que llegó a dirigir Vanity Fair y The New Yorker, otras dos grandes referencias profesionales.

Qué nostalgia produce que otro histórico de la profesión nos haya abandonado definitivamente. Un histórico a la altura de Bradlee o Montanelli, referentes morales necesarios de una sociedad en crisis que no soporta más la pelea de banderas y que demanda gestores adecuados de la coyuntura actual.

 

Por Iñaki Torres, Socio en Estudio de Comunicación.

 

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