El poder de un simple gesto

Vivimos en una sociedad que quiere soluciones rápidas y, lamentablemente, lo bueno, como el jamón de pata negra, suele tardar cinco años en curarse. Pero nos da igual. Los mismos que hace una década aguardábamos ilusionados media hora delante de la pantalla del PC a que se cargase milagrosamente un documento, maldecimos a la madre del que inventó Movistar cuando tarda dos décimas de segundo más en llegar de Brasil un vídeo de 3 Gigas. Ya no tenemos los pies en la tierra, hemos ascendido a la nube y de ahí va a ser difícil que nos bajen ni los bomberos con escalera. ¿Ventajas?: que desde el cielo se ve un panorama muy bonito porque es todo exterior y además las nubes se corren con el dedo. ¿Inconvenientes?: que hemos perdido el contacto con la fauna, la flora y los minerales y, mal que nos pese, seguimos siendo un pobre mono. Recordemos que el ser humano es un bicho analógico; porque si el creador, la evolución, o quien lleve esto, nos hubiese querido hacer digitales, en lugar del árbol nos hubiera bajado de Itunes.

Pero nosotros a lo nuestro y rapidito. Ya no necesitamos preocuparnos de adquirir conocimientos porque cualquier dato podemos bajarlo en conexión 4G del oráculo internet. Tenemos acceso a todo. Y, como todo es más que mucho, nos entra la angustia de estar pendientes de tantas cosas que no podemos permitirnos el lujo de pararnos en ninguna. Los niños de hoy son incapaces de escuchar una canción entera. A mitad del estribillo ya han saltado del Spotify a un video en Youtube y, antes de que éste termine, están subiendo una foto de su perro al Tumblr. Saca hoy al mercado Bob Dylan su Hurricane de 8:33 minutos y se lo tiene que meter por el mismo sitio que se introdujo la paellita para seis el chef del chiste.

Parece que estuviéramos permanentemente de viaje alrededor del mundo; pasando por lugares recónditos, pero sin detenernos en ninguna estación a saborear el pan local o a preguntarle a un paisano en qué consiste eso de pescar con mosca. Deprisa, deprisa. Venga a mirar titulares sin jamás leer la noticia. Navegando por un océano inmenso de conocimientos… de tan sólo medio centímetro de profundidad. Sumidos en una ignorancia que nos ha hecho vulnerables. Manipulables. Menos críticos y constructivos. Incapaces de discernir lo importante de lo aleatorio. Un niño que pille “Bizancio” de  Ramón J. Sender en Elresumen.com podrá pasar con esmero el examen de literatura española pero, cuando alguien le discuta la base histórica de las autonomías, no tendrá argumentos para rebatirle. En cambio, el salao que se trague, por las buenas o por las malas, el trepidante libro de aventuras del autor de Huesca, entenderá para siempre que España no fue una con los Reyes Católicos. Ni mucho menos. Que durante siglos permaneció dividida en dos gajos, Castilla y Aragón, y que por ello a los catalanes no se les permitió conquistar América y tuvieron que contentarse con ir a buscar el Santo Grial a Palestina al grito almogávar de ¡desperta ferro!

Pero nosotros, al grito de Yahooooo! que es como dicen ¡yujuuu! los norteamericanos, avanzamos a toda velocidad. Como flechas. Rompiendo la barrera del sonido igual que el piloto austriaco que se lanzó desde un globo. Raudos como las balas. Muy rápido. Ahora, eso sí; nadie sabría decirnos muy bien en qué dirección. Porque, para decidir el rumbo de la nao, el capitán necesita sentarse a consultar los mapas. A observar las estrellas. A dedicarle un rato al maldito cuadrante. Y aquí nadie tiene tiempo para piriñacas. ¿Sabeloquetedigono?

Con las prisas, tendemos a aliviar los síntomas en lugar de perder cinco minutos en reflexionar sobre los motivos que los causan. Y así nos operamos de urgencia un dolor de espalda que podríamos haber soliviantado con el simple hecho de calzarnos unos zapatos de tacón más rebajado. Con el hambre de estadísticas, preguntamos quién ha ganado el debate electoral, reduciendo la política al ámbito de Operación Triunfo, en lugar de interesarnos por lo que hayan dicho los candidatos. Con el Twitter, premiamos al creador de la frase más ingeniosa y le ascendemos a los cielos del trending topic, sin dejar huecos para una exposición reposada. Hemos reducido la filosofía de Ortega y Gasset a un simple eslogan y, todo lo que no quepa en 20 palabras, se nos hace largo. ¿Sugerencias?

Ahí va una: quizás haya llegado el momento de echar el ancla antes de que la nave se acerque peligrosamente a la cascada. De parar y mirar. Tiempo de darle al clic y minimizarse un poco. De aceptar que la vida del mamífero catarrino discurre por derroteros más convencionales. Que vivir cobra sentido cuando uno puede permitirse el lujo de pedirse un café sin necesidad de que le sirvan la leche fría porque dispone de tiempo para que el calor de la taza amaine mientras se enreda en una charla. Que cultivar amistades en Facebook no está de más, pero que el Skype no podrá nunca igualar el calor que produce el abrazo real de un ser querido.

Lo que vengo a decir es que estamos aún a tiempo de retornar a nuestros orígenes. No al inicio de la evolución de la especie. No. Eso es lo que propone Tele 5 con su Gran Hermano; un entretenimiento cultural que no difiere un ápice de la distracción que practican los gorilas del zoo de Brooklyn: observar impávidos como un compañero se chinga a la vista de todos a una hembra de la manada. No. Yo hablo de otra cosa. De abandonar de vez en cuando la nube, tampoco todo el rato, para volver a poner los pies sobre el terreno. De darle la bienvenida al sentido común y a la modestia. De saborear los momentos y no tirar a la basura una plancha de la ropa y comprar otra nueva cada vez que se le despelucha un poco el cable. Me refiero a volver a los gestos, a las caricias, a escuchar sin necesidad de decir nada. A eso me refiero yo.

 Algunos políticos, pertrechados en el goloso envoltorio del independentismo, hoy juegan con los sentimientos del pueblo catalán. Y aquí estamos el resto, rapidito y con prisas, tratando de medir la jugada con estadísticas, con datos históricos, con pactos de partido. Empeñados en resolver la realidad de España con logaritmos neperianos, cuando aplicando una regla de tres salen fáciles las cuentas. Me explico, a ver si se me entiende: olvidémonos de Artur Mas, de los modernos gafa pasta que le acompañan en las ruedas de prensa, y de los listos que le critican en las tertulias. Que no va por ahí. Que el tema nos ha pillado en las nubes. Que las abuelas catalanas, cuando se han echado a la calle (con lo que le cuesta a una abuelita bajar las escaleras) ha sido para pedirnos un gesto. ¿Qué? Claro, por supuesto que existen reivindicaciones. A estas señoras les gustaría que, como en otras autonomías, sus hijos no tuvieran que pagar siempre peaje en la autopista y que los libros de texto de sus nietos les costasen lo mismo que a los escolares de Andújar. Pero no va de eso. O, al menos, no se trata sólo de eso. Cataluña lo que le está reclamando a gritos al resto de España es un poco de cariño. Así de sencillo. Así de básico. Siete millones de almas aguardan con impaciencia un piropo. Algo que contraponga la continua amenaza de que no les vamos a comprar cava en Nochevieja. Pero, amigo, vivimos en un país en el que si no nos organizamos la fiesta del cumpleaños nosotros mismos, no nos la organiza nadie. En un lugar en el que, por alguna razón que deberían de ponerse a analizar inmediatamente los sucesores del doctor López Ibor, nos cuesta un mundo regalarle a nadie un halago. Por eso apetece poco enseñar la casa: porque es que se queda la visita callada y no te dice ni lo bien que te conjunta la cortina con el sillón de orejas, ni nada. Cuán equivocados hemos estado pensando que el pecado capital de España era la envidia. ¡Qué va! Envidiosos los hay en Berlín y abundan también en Manaos. No. El mal que nos corroe es otro: la incapacidad de aceptar el éxito ajeno. De soltar un piropo. De alegrarnos de corazón porque le vaya bien al vecino. Y eso no puede ser más que un complejo de inferioridad que, desde luego en la nube, no vamos a ser capaces de quitarnos.

 A decir piropos aprende uno en tierra firme, cuando cae en la cuenta de que la vida no es otra cosa que un partido de frontón. Tan fuerte como tú golpees la pelota, así te viene devuelta. No hay mayor felicidad que la de vivir rodeado de personas contentas. No hay dirección de empresa más eficaz que la que sabe delegar en sus empleados. Y eso se construye a base de prodigarse en alabanzas. No digo en rodearse de pelotas ni en pelotear a quienes te rodean. No. Digo en practicar el reconocimiento al trabajo bien hecho. Venga, unos piropitos compadres, y abandonaremos definitivamente la España acomplejada del guitarrista de flamenco que tocaba ante el público cubriendo la falseta con la mano para evitar plagios. Un piropito de vez en cuando, y nos hacemos un upgrade 5.1 a la España de la selección de baloncesto; el equipo al que le da igual que la televisión le meta el micrófono en el banquillo cuando planean las jugadas sabedores de que el encuentro lo ganan años de entrenamiento y no dos truquitos de última hora en la pizarra.

 El mejor invento de la humanidad no ha sido internet, sino las medallas. Por eso se venden tantas camisetas de fútbol; porque cada hincha que se embute una recoge también emocionado los aplausos que les corresponden a los 11 de su equipo. Y la parte del cuerpo humano más eficaz no es el cerebro, sino los brazos; porque le permiten a uno estrechar manos. Contaba un general destinado en Bosnia que la misión española conseguía mayores avances en las conversaciones de paz entre musulmanes y cristianos que el resto de las naciones de la OTAN. ¿Motivo? En las cumbres organizadas en nuestros cuarteles sacaban siempre algo de picar. Así de fácil. Así de sencillo. Aprendamos de ello y centrémonos de una vez por todas en celebrar las escenas positivas de la película, que los defectos técnicos ya nos los señalará en su crónica Carlos Boyero.

 Cataluña, para que nos entendamos, ha echado al resto del territorio el mismo órdago a la grande que se marca ante el marido una mujer despechada: ¿No me quieres?, pues me largo. Y cuando tu esposa te dice eso, lo último que espera es que le respondas: ¿Ah, sí?, pues que sepas que tu madre es una gorda. Y que cuando bebe cerveza se le queda la espuma pegada al bigote. No. Lo que espera es que le pidas: Anda, vuelve, que te necesito. Y en ese lío andan ahora enfrascados los catalanes, temerosos de que el resto de los españoles, lejos de haber entendido el mensaje, les vayamos a coger más asco. Así que hagamos un esfuerzo. Cataluña nos brinda la disculpa perfecta para comenzar a practicar el piropo. Tenemos la responsabilidad histórica de deshacernos de un complejo rancio que ya no nos merecemos. Pongámonos a practicar el reconocimiento primero con los de casa. Que nos saldrá más fácil. Luego con los que hagan méritos en la oficina. Y, por último, con el portero que, aunque reconozco que a veces puede ser un plasta, ha dejado el ascensor reluciente y a capricho. Vamos: todos. La ge con la erre y con la a: gra. La ce con la i, con la a y con la ese: cias. Gra-cias. ¿Veis que fácil? Dar las gracias bastante a menudo es el mejor mensaje de marketing que yo podría transmitir a mis clientes si tuviese un gabinete de comunicación. Pero, como ni lo tengo, ni tiene pinta a estas alturas de que lo vaya a tener ya, aprovecho la oportunidad que me brinda Estudio de Comunicación en este blog para gritar a los cuatro vientos: ¡ay, payos catalanes, no sus vayáis a la legión!

Guillermo Fesser

Periodista y escritor

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Guillermo Fesser, periodista, ha relatado la mayoría de sus historias junto a su compañero Juan Luis Cano a través de la radio en un formato innovador bautizado como Gomaespuma. Se inició como guionista con su hermano Javier en El Milagro de P.Tinto, escribió para el cine La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón  y ha dirigido Cándida, una película basada en la biografía de su asistenta. Ha realizado diversos programas para TVE y publicado algún libro. Entre ellos, A cien Millas de Manhattan, ubicado en el pueblo de Estados Unidos en el que ahora reside y desde donde relata cada lunes sus crónicas en  La Brújula de Onda Cero, escribe un blog para el Huffington Post y crea para Alfaguara Infantil las aventuras del detective Anizeto Calzeta y su ayudante Ruedas.

10 respuestas a “El poder de un simple gesto”

  1. Juan Carlos dice:

    No se puede tener más razón, Guillermo, te sigo y te persigo desde que apareciste en los 40 principales, ya ha llovido compañero del metal, pero los de Carabanchel somos así, y eso que vivo en Sanlúcar de Barrameda, pero sigo siendo de Carabanchel for ever, ya que tu no eres de allí pero es igual para mi como si lo «Serieses». Pero tienes ucha razón en que la ignorancia no s hace mucho daño, hay que leer más mucho más, yo qué me dedico a la comercialización y distribución de libros infantiles los sé porque no se gasta nadie un duro en libros para los niños y eso que mis libros empiezan por 1,20 € lo cual dice bastante de lo que tengo que batallar. Yo digo siempre que la «G» de iGnoráncia cada día es más grande y llegará a aplastarnos casi seguro. Un abrazo compañero.

  2. Francisco López dice:

    Mi más sincera enhorabuena por el post

  3. Dani dice:

    Se puede decir más alto pero no más claro, gracias Guillermo, una vez más, por decir las cosas tal cual, planas, para que los borregos las entendamos.

  4. Josep M Civit dice:

    Bravo Guillermo! Gràcies a tú també, no es tan difícil.

  5. xisco Martinez dice:

    Payo Guillermo como siempre totalmente de acuerdo contigo, falta y mucho el arte de la comprensión en nuestra sociedad, que está a lo que está, a escuchar lo que quiere oír y que no se le rebatan sus ideas e ideales. Un saludo grande y especial de un amigo.

  6. Rafal dice:

    Todo muy bonito, pero aqui el que se quiere ir es Mas. Nadie quiere echar a Cataluña.

  7. Mondita dice:

    Ya veo, Rafal, que no has entendido nada.
    Bravo Guillermo… 😉 como casi siempre… has dado enel clavo!

  8. Miriam Martínez Betancourt dice:

    Clarísima la imagen que produce la frase «Navegando por un océano inmenso de conocimientos… de tan sólo medio centímetro de profundidad.» Es así, todo con prisa, sin interés por profundizar, relegando refranes como «lo bueno cuesta» frente a una cultura del mínimo esfuerzo. Lo preocupante es que lo superficial ha permeado las relaciones entre las personas… Así que comprender que los logros de los demás no atentan tus objetivos y demostrarlo puede ser un cambio más que saludable. Entonces, aprovechando la oportunidad, digo al autor, !GRACIAS por tan buen escrito!

  9. Mercedes Alvaro dice:

    El artículo me parece de lo más interesante y estoy contigo, estamos perdiendo lo pequeño y cercano. Y relativo al piropo, justo anoche leí un artículo que venía en el semanal del País de hace diez días (voy con un poco de retraso) y que se llamaba «felicitar hace feliz» y que citaba a Goethe «el hombre mas feliz del mundo es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio». Mira que es fácil y económico.

  10. jotas dice:

    Gracias Guillermo, por volver a hacer cine de papel. En las ondas muestras tu agilidad, pero nada muestra tu profundidad como esas manchitas negras sobre blanco. Ahora bien, por muy acertados que estén muchos de los puntos que expones de manera, como sueles hacerlo, tan brillante, me duele el alma decirte que estas equivocado.
    En este caso, la mujer no dice que se va por despecho. Se va porque la suegra no para de repetirle que eres un golfo, que te pateas la pasta en el bingo, y que con lo que traes a casa solo puede hacer sopa. Y así hasta la más santa termina sintiéndose despechada, y cae.
    Con admiración y afecto,
    Un catalán (que además conoces)

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