El valor de las pequeñas cosas

 

Si se supone que hay una época relajada y relajante a lo largo del año, esa es el verano. Sin embargo, este año  está siendo una excepción. La economía no nos da un respiro, la crisis financiera se está llevando por delante todo lo que encuentra a su paso en Europa y en el mundo, el fuego está arrasando una parte de España con una gran virulencia, el calor no nos proporciona tregua alguna y la desilusión y la desidia se han instalado como compañeras de viaje sin haberlas invitado a participar.

Ante este panorama tan desolador, quiero abogar por las bondades del verano, el valor de las vacaciones y el disfrute de las cosas pequeñas. Quizás no podamos hacer el viaje de nuestra vida pero siempre nos queda algún rinconcito que seguro nos evoca mejores tiempos, pasear por la ciudad mirando hacia arriba y sin prisa para disfrutar de los pequeños detalles que nos perdemos por estar siempre estresados o visitar ese museo que tenemos pendiente por falta de tiempo.

Profesionalmente  es el momento de leer, de reciclarse, de repensar ideas y proyectos. Sin la ansiedad del día a día.

Me niego a que nos arrebaten la ilusión, las ganas de hacer cosas, a que nos hundan en un pozo sin fondo arrastrados por la histeria. Apuesto  por aprovechar lo que tenemos, que no es poco, a pensar y actuar conforme nos marque nuestra conciencia, en definitiva, a saber asomar la cabeza en tiempo de crisis.

Por Esther Otega, consultora senior. 

@estherortegaa 

Foto: René Mayorga

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