Gestos que cuentan más que las palabras

Entre las muchas cualidades que debería tener un dirigente político de pedigrí se presupone el don de la oratoria, fundamental para comunicar a votantes e indecisos una declaración de intenciones, rebatir a otro candidato en liza electoral y que se hace imprescindible para poder gobernar una vez asumido oficialmente el rol de director de orquesta de un país. A juzgar por la puesta en escena que hacen de sí mismos dichos gobernantes del que hace gala la hemeroteca infinita de Internet, que va desde la exacerbante prudencia hasta la más excesiva agresividad, la generación actual de líderes mundiales deja mucho que desear en cuanto a sus habilidades como oradores y oradoras.

Pericles se revolvería en su tumba si escuchara hoy sus discursos vacíos, insulsos y en no pocas ocasiones tediosamente predecibles en los que a toda costa se trata de desviar la atención de la falta de buenos argumentos para ponerla en el tono empleado y proclamar al final del debate quien resultó ganador. Tristemente importa más quien ha sido el vencedor que sobre qué se ha debatido. Son pocos los políticos capaces de hacernos emocionar, vibrar y sobre todo ilusionar. Obama fue una excepción a este tono monótono y gris de los discursos e intervenciones públicas a los que nos tienen acostumbrados lo máximos representantes de la política, que sólo aprueban por los pelos una asignatura que maestros como Napoleón, Churchill, o JF Kennedy dominaban con elegancia, soltura y maestría.

La nueva hornada de líderes mundiales a uno y otro lado del charco parece querer suplir sus nulas cualidades en el manejo del arte de comunicar con el empleo de un tono bronco, déspota, que raya en ocasiones en la mala educación, cuando es precisamente el respeto al interlocutor, al receptor, al canal y al mensaje la base sobre la que se sustenta toda buena comunicación.

Si Trump se ha graduado con honores en dar patadas al mensaje y de paso a los sufridos mensajeros, Marie Le Pen se ha mostrado experta en burlarse y menospreciar a su interlocutor. No hace falta salir de nuestras fronteras para comprender que la epidemia es más bien ya una pandemia. Muchos recuerdan el tristemente famoso “a usted se la bufa” de Pablo Iglesias, pero pocos saben a santo de qué venía el reproche. Las formas del debate mantenido por los candidatos a las primarias del PSOE predominaron sobre el contenido de una discusión que a priori se presentaba interesante, al menos para los votantes de dicho partido. El tibio discurso de los máximos dirigentes del Partido Popular se diluye como azucarillo en el café cuando se trata de de defender con rotundidad cuestiones cruciales para el futuro del país.

Afortunadamente ante esa sequía de mensajes que perduren en el imaginario colectivo más allá de lo que dura un tuit y que sean capaces de dejar huella en el receptor ha florecido todo un código gestual, que supone la puesta de la mímica al servicio de la comunicación. El apretón de manos de Macron a Trump fue toda una declaración de intenciones en esta línea. Como lo fue el regate por la escuadra del saludo que le hizo el presidente francés al presidente estadounidense también durante la cumbre del G7. Y por si a alguien le quedaba alguna duda el nuevo inquilino del Palacio del Eliseo tardó escasos minutos en publicar el vídeo en su cuenta oficial de Twitter. Gestos los de nuestros políticos que afortunadamente en no pocas ocasiones llegan a expresar mucho más que las palabras; que consiguen transmitir el caudal de emociones necesarias para que un mensaje cale y gestos capaces de contarnos aquello que la diplomacia y la prudencia no aconsejan. Con toda seguridad nadie se acordará dentro de poco de lo que se habló en la pasada cumbre del G7 en Taormina, pero si perdurará la imagen de Macron “haciendole la cobra” a Trump.

Por Ana Pereira, consultora sénior de Estudio de Comunicación España.

@anabepereira

 

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