La perversión política de las ruedas de prensa

La Razón.- Estos tiempos singulares que nos han tocado, los recordaremos por las situaciones importantes y trágicas que nos rodean –las muertes, el paro, el empobrecimiento– y también por otras mucho más anecdóticas, pero no necesariamente baladíes, como la vieja canción «Resistiré» convertida en himno, los aplausos… y la multiplicación de ruedas de prensa.

Quienes nos dedicamos a la comunicación hemos pensado siempre que ruedas de prensa hay que organizar las justas, porque «las carga el diablo». Sólo cuando existe una noticia importante que contar, se cuenta con un sólido mensaje que transmitir y el portavoz es bueno y tiene tablas para salir airoso, resulta necesario y prudente comparecer en directo ante los periodistas.

Sin embargo, con motivo del Covid-19 asistimos a una multiplicación desaforada de ruedas de prensa, muchas de ellas sin contenido y elocuentes ejemplos… de lo que no se debería hacer salvo si te quieres convertir en inspirador de memes y tuits.

Estamos hablando de una práctica en la que nuestro Gobierno sí que puede presumir de estar a primer nivel internacional, pero, no nos engañemos, en todas partes cuecen habas y es un virus que infecta a muchos políticos.

Si escribes en el buscador de YouTube «disastrous press conference», la primera página de resultados está prácticamente copada por ruedas de prensa de Donald Trump. El líder americano revalida su palmarés permanentemente con comparecencias tan memorables como cuando recientemente, ante la atónita mirada de sus asesores, improvisó una recomendación anti-Covid-19 para sus compatriotas: «Inyectarse desinfectante».

En España, algún avezado asesor de comunicación gubernamental, consciente de los riesgos de las ruedas de prensa, concibió un ingenioso mecanismo para desactivar el peligro: que sólo se pudieran hacer las preguntas que aprobaran. ¡Muy bien pensado! Lástima que las aviesas protestas de los periodistas, empeñados en preguntar lo que les viene en gana, lo frustraran sin tener la más mínima consideración con los intereses del Gobierno.

También en España, en las últimas semanas se han hecho creativas aportaciones al género. Hemos puesto en escena las ruedas de prensa corales, en las que se suceden varios portavoces e, incluso, se aplauden cuando uno de ellos tiene que responder a una pregunta incordiosa.

Por encima de todas las anécdotas, lo que subyace en realidad es la perversión interesada del mecanismo. Las ruedas de prensa son un formato «equitativo» para que todos los medios puedan acceder a la información en igualdad de condiciones e interactuar con la fuente, para transmitir luego la información a sus lectores. La actual práctica política, por el contrario, busca convertir la rueda de prensa en un medio para llegar directamente al ciudadano por el canal audiovisual, neutralizando de paso la labor escrutadora y crítica del periodista. No importa lo que te pregunten, sólo lo que respondas, parecen pensar, y si no se permite la repregunta, ni se nota.

La prensa libre va a tener que seguir luchando por ejercer su fundamental papel y evitar el intento de los poderes por amordazarla. Al mismo tiempo, los políticos y sus asesores deberían desempolvar viejos manuales para poner en práctica las reglas básicas de una buena rueda de prensa.

De todas ellas, quizás la preparación es la pieza clave. Hay que saber exactamente lo que se va a contar. Decir «salido» en lugar de «saludo» puede ser un lapsus, pero no vale como lapsus decir que un cuerpo de seguridad trabaja para «minimizar ese clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno», como tampoco es lapsus sino disparate la inyección de desinfectante.

Preparar y validar los mensajes es ineludible. Comparecer ante los medios con mensajes que no son sólidos o bien definidos es, además, una irresponsabilidad con graves consecuencias. Unas veces, erosiona la credibilidad del emisor y la institución que representa; otras, puede desencadenar incluso una debacle. Así ocurrió en marzo cuando Christine Lagarde, en rueda de prensa, suscitó dudas sobre el compromiso del BCE con la estabilidad de los países con más problemas derivados del Covid-19. Tras sus palabras, los mercados se hundieron y horas más tarde una nota del BCE la desmentía y ella misma se desdecía en una improvisada entrevista.

Sigamos haciendo ruedas de prensa cuando sea realmente necesario, pero tengamos espíritu democrático y respeto a la información independiente, aunque a veces duela, y responsabilidad para entender que primero viene la toma de decisiones y, sólo después, la tarea de comunicarlas con competencia.

 

Por Alberto Mariñas, socio en Estudio de Comunicación 

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