La polémica comunicación de las vacunas

La última encuesta del CIS apunta que el 55,2% de los españoles no se pondría la vacuna contra el COVID-19 de manera inmediata y que prefiere esperar a conocer los efectos de la misma. Hace poco menos de un mes el mundo entero esperaba con ansiedad y necesidad la buena noticia de la vacuna. Y por fin se produjo. El 9 de noviembre Albert Bourla, presidente y CEO de Pfizer, anunciaba que era “un gran día para la ciencia. Un gran día para la humanidad”. Y sin duda lo fue. Los medios y las redes sociales se llenaron de informaciones sobre la noticia. La farmacéutica estadounidense anunciaba la efectividad en un 90% de su vacuna contra este virus que se ha llevado ya a más de un millón y medio de personas y que ha infectado a más de 65 millones en todo el mundo. La mejor noticia de este 2020, al que muy pronto daremos carpetazo, se daba mediante un comunicado de prensa poco después de las polémicas elecciones en USA. Dos días después, el Ministerio de Sanidad ruso aseguraba que su controvertida vacuna Sputnik V había demostrado una eficacia del 92%. La carrera por la pole position continuaba. El 16 de noviembre la farmacéutica Moderna, también norteamericana, hacía su anuncio y destacaba una eficacia preliminar del 94,5% de su vacuna, un 4,5% y un 2,5% respectivamente más efectiva que la de sus competidoras. La siguiente semana, el 23 de noviembre, el grupo formado por la sueca AstraZeneca y la Universidad de Oxford anunciaron  también los resultados de su vacuna contra el coronavirus con  una media de 70% de efectividad.

Para los ciudadanos han sido tres semanas de vértigo y confusión en las que se han sucedido, como si de una competición de Fórmula 1 se tratará, una gran cantidad de informaciones complementarias y/o aclaratorias por parte de estos laboratorios. Para todos y cada uno de los anuncios, todos realizados mediante comunicados de prensa, ha habido estopa. Se han alzado voces críticas tanto por el contenido como por la forma. Incluso Donald Trump los ha utilizado en su particular cruzada contra los resultados electorales de los últimos comicios celebrados en el país del Tío Tom.

Destacados miembros de la comunidad científica internacional se han erigido también en sensatos consultores de comunicación. “La transparencia y la calidad de las comunicaciones son probablemente casi tan importantes como los resultados» sentenciaba, en medio de esas idas y venidas de informaciones de los laboratorios, Jesse Goodman ex científico de la FDA que lidero la respuesta contra el virus del Nilo y que hoy es profesor de enfermedades infecciosas en la Universidad de Georgetown. Transparencia y calidad un binomio que es una de las máximas de cualquier comunicación corporativa y anclaje prioritario en la comunicación de salud. Siempre, pero sobre todo, en escenarios de crisis de salud pública como el actual, la comunicación en salud debe ser extremadamente rigurosa; transparente, con un lenguaje claro, didáctico y comprensible para la población (huir de tecnicismos, rodeos verbales…), prudente y alejada de exageraciones, especulaciones o injustificados usos metafóricos que puedan dar lugar/crear falsas expectativas.

Vivimos momentos difíciles. La COVID-19 ha segado la vida de demasiadas personas, ha hecho estragos en la economía mundial y nos ha llenado de incertidumbres. Estamos ávidos de una solución definitiva y segura. Pero eso no nos debe hacer olvidar que la ciencia y la salud no deben tratarse como un espectáculo mediático. En comunicación de salud la prudencia también es un activo.  Porque hoy, más que nunca, necesitamos certezas y cualquier información incompleta o que genere dudas solo puede socavar nuestra confianza. Y de esa también necesitamos una buena dosis.

La velocidad en el despliegue de los anuncios de las vacunas ha despertado recelos en muchos ámbitos de la población. Sobre todo se cuestiona su seguridad. Quizás las farmacéuticas no hayan sido todo lo claras y precisas en sus comunicados iniciales como la adversa situación requiere, quizás hayan avivado una corriente ya existente en contra de las vacunas, quizás durante algún tiempo muchos ciudadanos sigan cuestionándose el ponerse la vacuna (sea  de quien sea), pero yo me quedo con el ingente trabajo de los miles de profesionales de esas empresas  que han puesto y siguen poniendo su empeño en que “su vacuna” ponga el fin  a esta triste pesadilla. Toca ahora a la industria farmacéutica, a los gobernantes, a las instituciones y a todo el ámbito sanitario transmitir a la ciudadanía la confianza de que la vacuna es inocua. Si primero el mensaje fue el de la efectividad, ahora sin duda tiene que ser el de la seguridad. Nos va en ello mucho. Nos va la vida.

Por Charo Gómez, socia de Estudio de Comunicación.

 

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