Nuevo guardián de los sueños

Que los creativos publicitarios han explotado hasta la saciedad el componente emocional en sus campañas para incentivar la compra de boletos de loterías y juegos de azar es una evidencia constatable. Y que cada sorteo de los muchos que se celebran en España supone un nuevo desafío ante el que no suelen defraudarnos con su ingenio es algo que está más que comprobado. Pero, ojo, este alegre caudal inspirador contra el tedio en las pausas televisivas puede verse interrumpido de un plumazo de consumarse una supuesta regulación que va a implantar el Gobierno.

Al parecer, el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas prepara un real decreto sobre comunicaciones comerciales de las actividades de juego. Y para condimentarlo no han pensado mejor cosa que solicitar a la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia (CNMC) un informe sobre el asunto. El dictamen ya está elaborado y en el mismo, al parecer, se recomienda la adopción de severos límites y prohibiciones a este tipo de publicidad. Baste como muestra un botón: en lugar de perderse por las ramas, sus redactores proponen  “prohibir las comunicaciones comerciales que sugieran que el juego puede ser una solución o una alternativa a problemas personales, profesionales, financieros, educativos, de soledad o depresión”.

Es evidente que la afición al juego nunca se homologará como terapia para atajar ciertos males sicológicos como los que aquejan a las maltrechas economías familiares. Pero no es menos cierto también que imaginar de vez en cuando la ansiada lluvia de millones cayendo sobre nuestras cabezas es un ungüento mágico que algo ayuda -fugazmente, eso sí- para ahuyentar el riesgo de la desesperanza en ánimos tan trastornados. ¿O acaso va a ser malo también, a partir de ahora, el desearlo?

Sorprende que a nuestros sesudos garantes de la libre competitividad se les ocurra ahora la posibilidad de tratar de impedir tan comprensibles desahogos como una parte de su cometido. Que el gobierno chino prohíba a los suyos jugar al golf, la gula y el sexo impropio son decisiones que entran dentro de lo imaginable. Pero que el deseo de prosperidad y su emocionado anhelo dejen de ser recursos a merced  de los creativos publicitarios españoles para recaudar más entre los amantes de la suerte es algo de lo que va a ser difícil que no emane un rancio tufillo paternalista. No cabe la menor duda de que Luis García Berlanga no habría alcanzado las cotas de genialidad logradas en “Bienvenido Mister Marshall” de no ser por las conocidas restricciones de la época. Pero qué necesidad tienen hoy los creativos, sesenta años después, de que el gobierno les ayude a superarse.

Por Carlos Fernández Conde, consultor sénior de Estudio de Comunicación España.

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