¿Qué me pongo?

Hace unos días debatíamos con un cliente si debía ser Recursos Humanos, Dirección General o Comunicación Interna el área  que mandara un comunicado sobre el  “dresscode” en esta compañía.  Finalmente se decidió que fuera Comunicación. El argumento clave es que cómo vestimos no define la valía de un profesional a la hora de trabajar pero sí influye en la imagen y reputación de la compañía.

La forma de vestir es uno de los muchos paradigmas que las nuevas generaciones han roto dentro del mundo empresarial. Y, aunque no trabajemos en una startup o seamos milenials,  en los últimos años se ha ido asumiendo en las organizaciones una estilo más casual, coherente como un mensaje de mayor cercanía, flexibilidad, e incluso de cierto toque de rupturismo u originalidad.

Sin embargo, detrás de este aparente “desaliño” hispter, pantalones rotos o un gran tupé, por dar algunos ejemplos, está una de las generaciones más preocupadas y ocupadas en su imagen personal. Y ahí surge el dilema. ¿Cómo hacer sugerencias corporativas sobre un aspecto donde los actuales códigos personales de flexibilidad y libertad son para los empleados cuestiones muchos más importantes y personales de lo que aparentan?

La realidad es que la mayoría de las empresas no son ni Apple ni Facebook. Pero, como a éstas,  su objetivo es que la  imagen de sus empleados genere engagement con el perfil de sus clientes, proveedores o inversores. En muchos casos la máxima,  “vístete de negocios para hacer negocios”, podría resumir su planteamiento.  Y esto no significa que haya que ir con traje o tacones, ni perder la personalidad.

Por ello, y para convencer a los equipos, quizás es importante al hablar de este tema recordarles algo básico: quién es siempre el protagonista de la comunicación.

Todos los que trabajamos en comunicación tenemos claro que es el receptor.  Una audiencia que en el entorno empresarial es, entre otros, el cliente. Por eso, nuestra forma de vestir no es algo neutro sino que trasmite un mensaje corporativo donde el  exceso de individualismo, salvo excepciones y como pasa en otras facetas de una organización, no siempre funciona.  Suele ser mejor el negociar y compartir que, trasladado a este campo,  supondría conjugar la naturalidad y comodidad que, en algunos casos buscamos, con el rigor y  la empatía que queremos hacer llegar a nuestros receptores/clientes. Ya que como dijo Armani, “la elegancia es coherencia”.

Por Ana Rodríguez, directora de Estudio de Comunicación España.

@Arodriguezgas

 

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