Una ovejita, dos ovejitas… zzzz…

¡Tiene una voz tan aburrida…!». No es una frase menor, se diga de quien se diga, pero cuando va dirigida a un personaje público, es «demoledora.

Son muchos los que se ocupan de lo que dicen y pocos los que prestan atención a cómo lo dicen. Sin embargo, lo primero que percibe cualquier auditorio es el cómo, lo que prima y, a menudo, la razón de que no escuchemos el qué.

No sólo los políticos deberían ocuparse de esta faceta de la Comunicación. No sólo son importantes los gestos. El tono de voz, su  impostura, los cambios de ritmo, las pausas, subrayados… pueden cautivar a quien escucha o directamente desconectarlo.

Hace poco tuve la ocasión de asistir a la charla de un importante ejecutivo responsable de Recursos Humanos de una gran empresa. Todos los que presenciamos su exposición concluimos… ¿Pero así intenta convencer a sus empleados de algo? ¡Si duerme a las ovejas! Un tono mortecino y constante, sin modulaciones que acompañaran a su intervención, hicieron que casi no  supiéramos cuando empezó y que agradeciéramos que terminara.

Probablemente ha obtenido grandes logros profesionales, pero no creo que los sujetos pasivos se hayan dado cuenta de ello excepto por el cargo que ocupa. Esta experiencia me hizo volver a recordar la importancia de preparase para hablar en público y que nuestra intervención cumpla los objetivos que nos hemos marcado.

Y, ¿la puesta en escena? Mejor lo dejo para otro post.

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