¿Qué hacemos con las noticias falsas?

Hace no mucho tiempo me llegaba a uno de los grupos de chat de Whatsapp la imagen de unos cachorritos a punto de ser sacrificados si no encontraban pronto una familia de adopción y un teléfono de contacto de un tal Manuel al que las almas caritativas, que estuvieran dispuestas a hacerse cargo de la camada podían llamar para salvarlos del aciago futuro que entre líneas se les vaticinaba.

Tengo que reconocer que ante tan tierna imagen y tan conmovedora historia estuve a un tris de marcar, afortunadamente, mientras sopesaba la cara que podrían en casa cuando llegara con los perritos y me informaba sobre cuestiones de logística que conllevaría mi nueva condición de madre adoptiva perruna, un miembro del mismo grupo de chat escribía a toda prisa, “¡ojo es un bulo, no lo difundáis!” y aseguraba que el desmentido provenía de las autoridades.

El siguiente mensaje que llegó al grupo fue el de la persona que había reenviado la imagen de los cachorritos apenada y pidiendo disculpas a todo el mundo entre emoticonos ruborizados y el consiguiente debate que se generó al respecto de por qué alguien se toma la molestia de hacer un montaje con unos cachorros de labrador en “el corredor de la muerte” y distribuirlo por toda la Red.

Seguro que les suena esta historia, como tantas otras que circulan por Facebook, Twitter o Whatsapp, son los famosos bulos o noticias falsas, que desafortunadamente tan en boga están últimamente. En concreto el de los cachorros de labrador, con el que comenzaba esta reflexión, no generaba mayor extorsión que al pobre Manuel, que a todas luces habrá tenido que dar de baja su número de móvil ante la desesperación del aluvión de llamadas que habrá recibido sin tener perro ni absolutamente nada que ver con los presuntos reos caninos

Pero ¿qué ocurre cuando en lugar del bulo de los cachorros, la noticia que se difunde por la Red es la de la imagen de un supuesto autor de una paliza a una ancianita para robarle el bolso, cuando en realidad el joven acusado no es quien ha cometido el delito? ¿somos conscientes del daño que hacemos al compartir (normalmente con nuestro círculo de confianza) el mensaje que nos acaba de llegar?

Según las conclusiones del informe Influencia de las Noticias Falsas en la Opinión Pública, realizado por Estudio de Comunicación y que se ha presentado recientemente, más del 85% de los entrevistados para la elaboración del mismo, considera que el mayor perjuicio de una noticia falsa es de reputación, el 40% considera que el perjuicio que se causa se traduce en pérdidas económicas (en caso de las organizaciones) y para el 39% lo que genera una información falsa es sufrimiento para la persona que la padece.

Sufrimiento sin duda y mucho, ¿se imaginan al joven del ejemplo tomando un autobús o comprando en el supermercado de su barrio?, mientras todo su círculo de amigos, familiares, vecinos y conocidos o bien comparte su sufrimiento o le rechaza y condena por adelantado sin que juzgado alguno le haya declarado culpable.

Las redes sociales son un juez implacable y muchas veces despiadado, que dicta sentencia, casi nunca benévola, a la velocidad con la que escribimos un tuit, damos un like o pulsamos la tecla intro. En buena parte de las ocasiones lo hacemos de manera inconsciente, según el estudio citado anteriormente, el 35% de los entrevistados cree haber compartido noticias falsas inconscientemente, mientras que sólo el 9,2% afirma haber difundido una noticia falsa dándola por buena.

El incremento de las noticias falsas que circulan por la Red tiene alarmado a medio mundo, mientras el otro medio saca tajada del mismo. El 76% de los participantes en el estudio está convencido de que quien las genera puede obtener algún tipo de beneficio con las mismas.

Desde las instituciones de la Unión Europea se plantean cómo ponerle coto a las fake news, mientras que en diferentes foros los expertos debaten sobre cómo acabar con ellas. Ante la dificultad de erradicar esta plaga, que daña reputaciones y puede destrozar vidas y esto no lo digo sólo metafóricamente, apelo desde esta tribuna al sentido común y el espíritu crítico de los lectores y a la ética a la que nos debemos comunicadores y periodistas.

Por Ana Pereira, Directora en Estudio de Comunicación España

@anabepereira

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