Regenerar el periodismo desde dentro para combatir la desinformación

El problema global de la desinformación cada vez es más preocupante. Las Naciones Unidas han publicado recientemente un código de conducta que recoge los principios fundamentales para luchar contra esta lacra, aunque no tiene carácter vinculante. “En un momento en el que miles de millones de personas están expuestas a falsos relatos, distorsiones y mentiras, estos principios establecen una senda clara, firmemente arraigada en los derechos humanos, como el derecho a la libertad de expresión y de opinión”, dijo en un comunicado su secretario general, Antonio Guterres.

Esta inquietud no es nueva. Ya hace un año, el jefe de las Naciones Unidas advirtió de que la desinformación supone un “riesgo existencial” para la humanidad, por lo que espera que estos principios sean aplicados por plataformas, medios de comunicación y gobiernos, máxime en un contexto en el que la era de la Inteligencia Artificial cobra un gran impulso.

Sin quitarle mérito a esta iniciativa, le pediría que diera un paso más allá y que organizara un foro internacional de periodismo equiparable a los que se celebran en otros ámbitos también claves como la lucha contra el cambio climático, es decir, una especie de COP que aborde la desinformación y la libertad de prensa en el mundo. Es cierto que siempre ha habido mucho ruido reputacional sobre esta profesión, pero ahora algunos popes del periodismo manifiestan abiertamente que está en decadencia.

Por alusiones, después de tanta acusación a los “pseudomedios que esparcen bulos”, sería edificante que los periodistas se miraran a la cara y hablaran, y que todos les escucháramos. Que dijeran públicamente lo que, a su juicio, viene siendo información y lo que no lo es tanto. “Sí, nos parece que algunos titulares dejan mucho que desear”. Esa frase sería reparadora. “No, rechazamos que tachen de bulos a informaciones elaboradas tras mucho trabajo de investigación”. Esa otra también lo sería.

Este debate, además de estar de moda, es necesario. Naturalmente, habría opiniones de todos los colores, una discusión que siempre sumaría y permitiría tener una fotografía de la realidad desde diferentes prismas, pero también sería bueno realizar un ejercicio de reflexión y autocrítica para separar el grano de la paja. Sería saludable para la propia profesión aclarar a aquellos que consumen “el pan de cada día”, los lectores, cómo funciona el proceso de su fabricación, la química de la levadura, en definitiva, si nos estamos desviando o no del objetivo primordial del periodismo: ofrecer información verdadera, procedente de fuentes seguras y verificables.

En ese foro debería ponerse en valor la aplicación de la European Media Freedom Act (Ley de libertad de medios de información), una normativa de la Unión Europea que contempla criterios de transparencia para combatir la desinformación y que protege la libertad de prensa. De esa manera, también se abortaría que cualquier gobierno caiga en la tentación de calificar de bulo una información veraz o de etiquetar a los medios que no sean afines a su causa. No hablamos de que los periodistas apliquen autocensura, sino más bien una buena praxis que neutralice las dudas que penden actualmente sobre la profesión como la espada de Damocles.

Porque si se sigue tirando de la cuerda para cada uno de los extremos, al final se romperá. La gente, contaminada por el discurso del odio que lamentablemente se promueve sin recato en el seno de la clase política y que se azuza irresponsablemente desde algunos medios, dejará de considerar al periodismo como “el cuarto poder” que fiscaliza al gobierno en cualquier democracia desarrollada. Se quebrará así la credibilidad de la prensa, convertida en torpe instrumento, y la sociedad dejará de tener un faro indispensable para avanzar. Y tengo la sensación de que eso ya está pasando desde hace algún tiempo.

Por Carlos López Perea, consultor sénior en Estudio de Comunicación

@clopezperea

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