Basta con que un lugar aparezca repetidamente en una red social para que, en poco tiempo, deje de ser un destino y se convierta en una tendencia. Una cala escondida, un restaurante frecuentado por vecinos, un mirador poco conocido o una pequeña localidad con encanto pueden pasar, de un día para otro, a formar parte de una lista de imprescindibles.
Ya se sabe lo que ocurre después: largas colas para hacerse una fotografía desde el mismo ángulo, reservas imposibles, precios que se disparan, autobuses inundando de visitantes un entorno idílico, negocios tradicionales sustituidos por otros pensados para el consumo rápido… Y además se añade esa sensación de haber viajado cientos o miles de kilómetros para encontrar exactamente la misma imagen ya vista un montón de veces desde la pantalla (Mira esta publicación de Instagram)
Las redes sociales han democratizado el acceso a lugares que antes solo conocían unos pocos y esto, en parte, es bueno ya que permiten descubrir destinos, comparar opciones, organizar rutas y conocer experiencias de primera mano. El problema no está en la herramienta, sino en el efecto multiplicador que produce. Cuando una recomendación alcanza cierta notoriedad, deja de funcionar como una sugerencia y empieza a comportarse como una convocatoria. El algoritmo no selecciona necesariamente lo más interesante, auténtico o adecuado para cada persona. Elige aquello que genera atención y ésta, se concentra. Cuanto más se muestra un lugar, más personas quieren visitarlo y cuanto más se visita, más contenido se genera sobre él. Se crea así un círculo vicioso perfecto de visibilidad y masificación.
Además, ya no se elige únicamente dónde se quiere ir, también y muchas veces sin ser conscientes, dónde se supone que se tiene que ir. Aparece el miedo a quedarse fuera: no haber estado en ese restaurante, no haber visto esa puesta de sol, no tener la fotografía en ese banco, esa playa o esa calle. El viaje deja entonces de ser una experiencia personal para convertirse en una especie de lista pública de tareas pendientes. La paradoja de nuestro tiempo: buscar lugares singulares siguiendo exactamente las mismas recomendaciones que millones de personas. Nunca se había tenido tanta información para viajar y, sin embargo, nunca se había viajado de una forma tan parecida.
Esta masificación turística no ha nacido sólo con las redes sociales. Influyen también el abaratamiento de los viajes, la concentración de la oferta, las plataformas de alojamiento, las políticas turísticas y una cultura que ha convertido viajar en una necesidad prioritaria de consumo frecuente. El problema con las RRSS es que han acelerado este fenómeno y, sobre todo, han conseguido concentrarlo en espacios muy concretos.
Por eso, “si lo recomiendan en redes sociales, mejor no vayas” no debería entenderse como una prohibición. Es, sencillamente, una invitación a parar antes de seguir la siguiente recomendación. Preguntarse por qué se quiere visitar ese lugar, si realmente interesa o solo se va por temor a perder algo, si existe otra época para conocerlo u otro recorrido mejor, otro establecimiento, otro destino cercano que no aparezca en los primeros resultados de la búsqueda.
Quizá viajar de forma diferente consista en recuperar una parte de la incertidumbre; dejar espacio para la conversación con quien vive allí, caminar sin saber exactamente qué se va a encontrar y aceptar que no todo descubrimiento necesita convertirse en contenido.
Y por supuesto, los que se dedican a la creación de contenido, deberían aceptar cierta responsabilidad. Recomendar un lugar no es un gesto neutro cuando la publicación puede alcanzar miles de personas. Además de hablar de lo bonito, lo especial o lo fotogénico, se debería incorporar cómo respetarlo, qué límites tiene y qué impacto puede provocar tanta gente en aquel maravilloso lugar.
Las redes sociales entonces también podrían servir para desconcentrar el turismo, distribuir oportunidades y visibilizar alternativas para finalmente conseguir que la tendencia sea viajar, sin perseguir tendencias.
Eva Fresnillo, directora de Estudio de Comunicación
