Las Redes Sociales, los correos electrónicos, las aplicaciones de mensajería instantánea y las plataformas de videollamadas median en gran parte las relaciones sociales de las nuevas generaciones, pero también de muchas empresas con sus clientes y proveedores. Una tendencia que, al igual que muchas otras, la llamada “nueva normalidad” ha acelerado y acrecentado.
A pesar de las innegables ventajas (en términos de instantaneidad, disponibilidad y comodidad) que estos recursos suponen, hay algunos problemas que afectan negativamente a las relaciones que antaño se establecían en persona. Y es que no es lo mismo escribir un tweet criticando, por ejemplo, alguna decisión política que debatir con algún allegado el mismo tema.
De igual manera, aclarar un malentendido entre cliente y proveedor a través de una interminable cadena de e-mails a cada cual más furibundo siempre será más farragoso, incómodo e incluso más descorazonador que hacerlo en persona.
Según mi experiencia -desconozco si es extrapolable a todas las relaciones humanas- cuando las personas nos comunicamos cara a cara, sin la intermediación de dispositivos electrónicos o plataformas digitales, la información fluye y se recibe mejor.
Así, bien por empatía o bien por educación, los mensajes se suavizan, las expresiones se matizan y la conversación es más relajada. El resultado es, por tanto, que los problemas se suelen resolver de una manera menos lesiva, más rápida y satisfactoria para todas las partes.
Por Pablo Blanco, consultor de Estudio de Comunicación